martes, 7 de septiembre de 2010

ah...yo no sé

No te voy a decir
que no me gustaría...
Sería lindo
tal vez
antes de irse...
Constante pensamiento
que nunca se concreta...
y nosotros pasamos en el tiempo
y el tiempo...vuela.
Quizá estas cosas
debieran ser recíprocas
para darse por fin
sin tanta espera.
No te voy a decir
que no me gustaría
pero si no fue hasta hoy
no creo que suceda.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Confesión y consejo.

No soy egoísta. A todo el mundo le aconsejo que busque puchuchulis. Por donde sea y todo el tiempo del que se disponga para encontrar. No se van a arrepentir. O no sé, bah, por ahí...si. ¿Dependerá de cómo uno es o del puchuchuli que uno encuentre?
Los puchuchulis son sorpresivos, aparecen cuando uno menos los espera, saltan desde cualquier lugar a nuestro destino.
Los puchuchulis se gestan a sí mismos y andan en las sombras, quizás en las cunetas o en los sótanos. Siempre en las orillas de las orillas, me imagino, pero atentos a lo que ocurre acá,
porque sólo acá pueden contactarse. Claro, usted se preguntará si los puchuchulis son como las cucarachas, como las arañas, como las mariquitas... No. No. Ni tampoco como los tréboles de cuatro hojas. No. Los puchuchulis no tienen nada que ver con los insectos o los milagros o los golpes de la fortuna. La suerte sigue corriendo por nuestra cuenta, con o sin puchuchuli. Pero lo bueno de los puchuchulis es que a pesar del placer por las sombras, no le hacen asco al sol, ni al aire ni a la risa. Y es precisamente en la risa donde desarrollan su principal virtud anómala.
Los puchuchulis te dejan ser, te dejan casarte, tener hijos, dar vueltas a la noria, hablar de sexo, de injusticias y quebrantos. No hay problema con ellos. No son celosos ni juzgan. Asienten. Comprenden. Se hacen parte de uno, pero podés dejarlos en su rincón cuando te cansan con sus salamerías o querés irte a una caminata solitaria.
Eso si, hay que alimentarlos: les gusta mirar, que los miren a los ojos, que los despeinen. Yo creo que así renuevan sus energías. ¡Ay, si se pudiera, los puchuchulis vivirían como una mochila sin peso, como los perezosos, abrazados al tronco de las personas! Pero ellos saben que eso no puede ser, que cada uno tiene sus obligaciones. Por eso, muchas veces, con mi puchuchuli nos llamamos por teléfono y ya está: le cuento, me cuenta y ...santas pascuas, hasta que junto ganas de verlo y se hace presente y puchuchuliamos la ternura puchuchula.
Cuando lo encontré, en una vereda cualquiera, le dije a mi marido: Uy... mirá... me parece que es un puchuchuli. Y mi marido me dijo: Levantalo, boluda, mirá cómo te mira. Y yo lo levanté y le dije:¡Ay, puchuchuli, no te puedo creer que seas tan puchuchuli...! Y el puchuchuli se despeinó con mis manos y me dijo: Yo no soy un puchuchuli che, vení, volá, sentí. Porque claro, los puchuchuli son los primeros en ignorar lo que son. No se dan por aludidos. Son puchuchulis.
Pero el caso es que, desde ese día, me divierto más me parece. Y aunque me preocupa todo lo que pulula en estos tiempos sobre la estética , el bienestar , los años que pasan, los hijos de puta y la crueldad de los hijos, me río hasta de mi misma con mi puchuchuli personal, que es mucho más piola que un celular. ¿Eh? Si, claro, me deprimo como de costumbre, pero tengo quien me escucha, quien me mira a los ojos, quien frena mis ímpetus salvajes.
Mi marido llegó a pensar que ahora voy a dejar la terapia. No. Ni se me ocurre. Al contrario. A menudo hablo en ella de mi puchuchuli para aprender cómo cuidarlo, porque todos los seres corremos peligro y para los puchuchulis como para mi, no hay nada peor que la agresión y el olvido. Parece que, en esos casos, ellos se caen para atrás, de espaldas, y empiezan a patalear como las vaquitas de San Antonio pero más indefensos, sin caparazón. Y patalean y patalean hasta convertirse en hombres comunes y corrientes y quién sabe cuándo vuelven a ser puchuchulis...y dios me libre y me guarde.
Mi puchuchuli no es virgen. Creo que vírgenes no existen. Cuanto más han vivido, mejor son.
Pero no quiero alardear con todo ésto. No es cuestión de decir: yo tengo mi puchuchuli y los demás que se jodan con sus banalidades. Y tampoco es cuestión de decir: ya está. ¿quién me toca el culoentierra ahora que tengo mi puchuchuli? No. No. Las cosas como son. No hay que tirar manteca al techo. Tener puchuchuli tiene sus problemas también.
Por ejemplo, para hacerme enojar mi marido me dice: Andá... si tu puchuchuli es un boludo bárbaro, tiene dos o tres temas y no lo sacás de ahí; no le interesa el país, la economía, la política... Se hace el universal el boludo, se hace.
Tenés razón, le digo yo, pero me mira.
¡Ay, si, dice mi marido, te mira! ¡te mira! ¡Yo también te miro! Y a veces no necesito ni mirarte. Y yo te aguanto y te mantengo, qué te creés....
Sos vulgar y prosaico, le digo yo, y entonces él me amenaza con que me va a pisar el puchuchuli. Te lo voy a hacer mierda, te lo voy a hacer..., me dice.
Pero estoy segura de que no se va a animar, porque fue él quien me dijo que lo levantase de la vereda y porque... aunque jamás lo va a aceptar, él se parece bastante a mi puchuchuli. Hasta sospecho que alguna vez se quedó patas para arriba pataleando, pataleando, hasta convertirse en el que hoy es.
Y bueno che, le digo para terminar la discusión, un puchuchuli de vez en cuando no le hace mal a nadie.
Y digo bien porque... nada màs andrógino que un puchuchuli. Es como tener un humster que habla, un lorito pintoresco, una mascota para mostrar. Pero más. Pero mejor. Porque el alma de los puchuchuli se mezcla con la nuestra y ahí nos vamos al carajo.
Por eso, si usted va a buscar, y encuentra y quiere tener puchuchuli para rato, le aconsejo que no se descuide: los puchuchulis no están libres de los vaivenes de la vida y tienen pasado. Vírgenes me parece que no hay. Generalmente han sido muchas veces puchuchulis de alguien y hay que tomarlos como son, como están, ni más ni menos, y guiarlos, en lo posible, como a chicos. Porque... como constante pensadora que soy, intuyo que los puchuchulis mueren aplastados por un triste recuerdo en el momento menos pensado. Y eso me aterra.

viernes, 30 de julio de 2010

sensualidad instantánea

Nadie puede acusarme.
Yo soy tan buen actor
que ni te das cuenta que te hago el amor.
Y te toco las partes con los ojos
- las partes, si, las partes-
las partes por todas partes,
porque te parto y te reparto en partes
y me mando la parte
de que estoy aparte con tus partes.
Y está lleno de gente
pero te miro a vos
porque estoy caliente.
Te sigo adonde vas,
te chupo el movimiento
sin aliento,
subo a tu altura, me desbarranco
en muscular desbande
por tus muslos con mi hambre.
Pero estoy en mi asiento,
¡tan contento...!
Y vos vas y volvés
y yo no sé a quién querés
porque me aíslo en tus partes
-partes duras, partes blandas-
de los tres boludos que te acompañan.
Y te muerdo los brazos
y los pies...
Dejo tu cuello para después.
Sonreís...ah... sonreís...
¡ay...
sonreís con tanta estupidez!
que te clavo los dientes hasta el hueso
porque te lo merecés.
Y te paso la lengua de mirarte
y te la paso
por todas partes
Mi mano aprieta protuberancias
con sádicas ansias.
Pero estoy quieto. Solícito.
Nadie puede acusarme
de ningún ilícito.
No existe nadie más, por otra parte.
Sólo tus partes y yo
que con garras las agarro
y te hago barro
mirá
y te hago barro.
Puf ! Yo soy tan buen actor
que ni te das cuenta que te hago el amor.

lunes, 26 de julio de 2010

dudar sin duda

Llegó el momento
de vivir despacio,
de ver el escalón,
respirar hondo,
de relentar la copa y el bocado,
de sorprenderse con una carcajada
que apenas es sonrisa en nuestra boca.
Llegó el momento
de dejar que pasen,
de dejar que griten
lo más fuerte posible,
que se apuren mucho,
que se traguen todo,
que se enreden en brazos imposibles
y se queden solos.
Llegó el momento
de hacerse el distraído
si es que no vimos bien
o no pudimos...
¿a qué negarlo ya? ¿para qué cosa?
ya está, ya fue, como se dice ahora,
digo, no sé, no creo, me parece...

lunes, 17 de mayo de 2010

oficina

Me cuelga desde el cuello una corbata
impersonal, azul, con un mal nudo,
y una camisa humeante de tabaco
- si no es del corazón todo este humo-.

El cinto me estrangula la cintura;
sobre zapatos negros, desclavados,
y medias de nostálgicas fisuras,
me cae el pantalón, laxo y cansado.

Yo mismo voy caído sobre el piso,
de pie, lo más naturalmente que es posible,
mientras los otros arman el bullicio
y el temor: los dos imprescindibles
en esta desazón y este desquicio...

Me llaman, me palmean, me saludan.
Huelo a carbónico, a rata y a rutina.
Seguramente, apesto de tristeza...
Cuando andaba a los saltos hasta el cielo,
borracho el corazón por la alegría,
con la garganta libre y sin zapatos,
ninguno me quería.

Insisto en comprender por qué me quieren
desesperado,
aquí,
en la oficina.

etapa

sobrellevo la esperanza...
a veces alguno acecha
o pregunta
o palidece
o comprende por fin
que ya he llegado
mal que me pese
y le pese
que apenas
sobrellevo la esperanza...
mientras acechan,
preguntan,
palidecen...

canción de cuna

arrorró mi olvido
no te despertés,
dormí mansamente
por mi propio bien.

arrorró mi olvido,
acurruco acá
toda tu miseria
y tu soledad.

arrorró mi olvido
quiero ser feliz,
me resulta fácil
cuando vos dormís.

y creo en el hombre
y pago por mes
y mientras me asombre
no me quejaré.

arrorró mi olvido
me podrías matar
si te despertaras
porque sí nomás.

arrorró mi olvido,
te prefiero ausente
así no recuerdo
lo que hace la gente.

te tapo con ganas,
no te despertés,
dormí para siempre
hasta que yo esté.

Si no estás dormido
no puedo dormir,
no puedo olvidarte,
no puedo vivir.

lunes, 10 de mayo de 2010

JUAN 4 Mi relativa paz les dejo....

En el jardín de Juan se enseñoreaba una gran planta de diosma. Al salir, él siempre le cortaba ramitas que iba desparramando en las casas de sus amigos. Esas ramitas que duraban muchos días en mi mesa, evocaban su presencia. Muchas veces intenté plantarlas, pero nunca hubo suerte. Amarilleaban enseguida y se secaban.
- No vas a poder- me decía- . Hay que plantarla y encerrarla en un frasco de vidrio y tratar de que siempre le de el sol. En esta casa no hay sol.
Años más tarde logrè, por fin, comprar una planta con buena raíz, en un vivero. Es un arbusto de porte redondeado y crecimiento ràpido, que puede alcanzar hasta medio metro de altura. El follaje, algo plumoso, se compone de pequeñas hojas aromáticas de color verde oscuro, finas y terminadas en punta. Las abundantes flores son pequeñas también, tienen forma de estrella y pueden ser de color blanco o algo rosadas. Florecen desde mediados de invierno hasta casi finales de primavera y son capaces de volver a florecer en otras épocas del año.  El poco sol que hay en casa....parece que les basta.
Muerto ya Juan, unas cuantas semanas despuès, cuando su casa ya estaba en venta, me detuve en la vereda de enfrente para mirar aquella fachada que hoy ha cambiado. Ese día me sorprendí porque, en el jardín siempre desierto, tres vecinas deambulaban alrededor de la diosma como en peregrinación, con un respeto casi religioso, y silenciosas y rituales, cortaban leves ramitos para llevarse. Eran amas de casa, vestidas sencillamente, italianas, seguro. Sentí que pensaban en Juan. "Ay, me dije, si él las viera..."
Si. Se estaban despidiendo de la diosma. Lo primero que hicieron los nuevos propietarios de la casa, fue arrancarla de cuajo. El simulacro del balcón de hierro, las rejas de la entrada y la frase al pie de la virgen ("prega per noi") resisten al tiempo. Suele verse una luz difusa por la ventana. Yo creo que la casa los ha impregnado con el espíritu de los antiguos moradores.
Pero es imperdonable que no hayan respetado la diosma. En sus visitas,  Juan nos regalaba una ramita como si fuera de oro y nos decía: mi relativa paz les dejo.... y me alejo.

JUAN 3 Qué linda su mamá, Juancito.

Existe una película argentina que se llama "El infierno tan temido", cuyo guión se basó en un cuento de Juan Carlos Onetti. En ella, Graciela Borges compone a una actriz vocacional y Alberto De Mendoza interpreta a un periodista deportivo. Cuando se inicia el romance, la mujer invita al hombre a su departamento y él, mirando la decoración del ambiente, descubre el retrato de un hombre que lo impacta.
- ¿ Su papá? -le pregunta.
- No - responde ella con una sonrisa- Camus.

En la galería, a un costado de la puerta de entrada de su casa, Juan había instalado un gran retrato de Greta Garbo. Como siempre hablaba de doña Raquel cual si hubiese sido una diosa del Olimpo, las mujeres que iban a limpiar los cuartos creían que la foto de Greta Garbo era el retrato de doña Raquel.
- ¡Qué linda su mamá, Juancito!- le decían, con una mezcla de emoción y fantasía.
Juan no les aclaraba la cosa y disfrutaba a sus anchas de la ignorancia de las mujeres. Sus carcajadas aún retumban en mis oídos.

JUAN (2) ¡Ah..no vuelvo más a provincias...!

Allá por sus años floridos, fiel a la frase de Vinicius: "La vida, amigos, es el arte del encuentro" y a la de su propia madre: "Comanda ti de ti", Juan era ferviente admirador de las actrices de la época. Sobre todo de Mecha Ortiz, que atravesó un largo rato de gloria en el cine argentino y, alguna vez, en el fulgor de esa estela, recaló en el desaparecido Cine Avenida de Tandil. La actriz vino a representar una obra de la que sólo sé que su personaje se llamaba "Ängeles" porque Juan solía repetirme una escena en la que ella, furiosa con su amante que la requería llamándola (¡Angeles!¡Angeles!), decía grandilocuentemente: "¡No me angelees más...!".

Esa noche teatral, llena de emociones para Juan, finalizada la función, él decidió esperar a la diva del teléfono blanco. El escaso público abandonó la sala y ... si te he visto no me acuerdo.
Era una noche tormentosa, de lluvia, viento y relàmpagos, y la calle estaba desierta a esa hora y en esos tiempos, en que Tandil era oscuro y fantasmal. No obstante, Juan continuó vibrando a solas en el hall del cine hasta que pudo ver a la diva de cerca y hablarle. En tanto, nadie podía conseguir un coche que la trasladara hasta el también desaparecido Hotel Continental, de la calle Belgrano, donde supieron alojarse Lolita Torres, Virginia Luque y alguna otra conocida figura. "Ni un miserable taxi para llevarla", me contaba Juan. Mecha Ortiz estaba molesta por tanta desprotección pero, desde las sombras y la copiosa lluvia, apareció un señor camionero que ofreció su vehículo para salvar el momento. La actriz aceptó y trepó al alto peldaño que la elevaba hasta la cabina del camión. Contaba Juan que, con un pie en el aire y el otro no, cubierta por su piloto de agua, ya montada en el armatoste que la llevaría al hotel, la mujer echó la cabeza hacia atrás y, en un gesto que demostraba toda su indignación y que acompañó con un largo suspiro inicial, dijo: "¡ Ah....no vuelvo más a provincias...!".

Ante cada dificultad cotidiana, ante cada cosa que no sale como uno esperaba, por ejemplo, hacer un churrasco y que la casa se llene de humo, enhebrar una aguja y perderla, pisar un charco que no vimos en la vereda, etc, etc, con Juan decíamos: "¡Ah... no vuelvo más a provincias...!" Y nos reíamos mucho, claro, juntos, como yo me río ahora, solo, claro...

JUAN (1)



Durante el tiempo que compartimos, me asombraba saberlo tan popular, tan consultado, tan admirado y, a veces, tan temido. Cuando se fue, casi nadie supo quién había sido. Quizá su error consistió en encontrar malos terapeutas y confundir decadencia y abandono con modernas prácticas europeas. "Dejá, dejá, que en Europa se usa", me decía, cuando yo quería limpiar el piso de su cocina, inundado de sobras de comida y cáscaras.

Sus reflexiones eran catedráticas. No admitían dudas. "A nosotros nos hicieron con demasiada masa. Nos dieron mucho. Tenemos mucho para devolver", me decía, para agregar después, en un gran gesto, "yo soy más culto que vos, pero vos sos más inteligente que yo". Nunca me detuve a pensar si aquello era un elogio o no, porque viniendo de él, nunca se sabía... Sirva como ejemplo la vez que me amenazó con un abogado en el arrebato de una discusión sin importancia en la que usé la palabra usurpador.

Pero, bueno, lo cierto es que aquí estoy, tratando de hilvanar el recuerdo. Porque lo quise mucho a veces y a veces no. Porque me duele que él, a menudo escandaloso, haya pasado tan desapercibido hacia la niebla. ¿Será que muchos se apuraron a olvidarlo por temor a que se los relacionara? Todo puede ser en este pueblo afecto al ocultamiento y la mentira y en esta época en que la gente es desechable como las botellas plásticas o los cartuchos de tinta usados.


Juan la contó muchas veces, en su casa y en otras casas, pero creo que no quedó escrita, y era su amada historia.


Raquel cortaba edelweiss de las laderas de las montañas y, la noche de su boda, anduvo de aldea en aldea bailando con los vecinos para celebrar su felicidad.
Se casó con José y con él viajó para América. Establecidos en Cerro Leones, junto a las vías que cruzaban el poblado, José trabajó en las canteras y Raquel dio a luz el primer hijo. Pero el primer hijo murió y, luego de enterrarlo, decidieron regresar a Italia con toda la tristeza. José talló una figura en piedra para la tumba del niño que, más de medio siglo más tarde, encontramos en los pies de un banco del jardín del Parque Independencia de Tandil.

Otra vez en Italia, nacieron tres niñas que José no pudo disfrutar porque estalló la guerra. Mientras estuvo en el frente, con la casa tomada por los soldados enemigos, el hambre y las enfermedades, murieron las dos hijas mayores. Y cuando por fin José volvió, en brazos de Raquel, murió la tercera, la màs pequeña. En unos pocos años, habían perdido cuatro hijos y mucha esperanza. Casi toda.

Menguando los ataques, la vida continuó. Les nació Georgeo y luego Santino. Había que huir del desastre y salvar a esos chicos. Recordaron la paz de Cerro Leones y volvieron a embarcarse para Argentina. Los dos hijos nuevos, creciendo sanos, ayudaron a olvidar las pérdidas queridas. Y Raquel se embarazó otra vez para que naciera Juan a quien yo, mucho, mucho más tarde, rebauticé "el ademanero".

Georgeo, dicen, tuvo el primer coche que hubo en Cerro Leones y se hizo contador de una empresa importante en esos años. Tenía la excentricidad, dicen, de vestirse de cowboy de vez en cuando.

Santino, (Sante para nosotros), se fue a la selva chaqueña con su título de maestro y su bondad aturullada. Daba sus clases y después dormía colgado en una hamaca. Las víboras asolaban la región. En la soledad de la selva, su única compañía fue una oveja que nunca pudo olvidar. Pero los pobladores terminaron comiéndosela y burlándose de ese amor.

Y Juan creció con toda esa historia en la espalda y la cabeza. En sus cajones mágicos, con olor a papel y a pinturas y plantas aromáticas, guardaba celosamente flores de edelweiss. Recibir su visita, era adentrarse en las anécdotas del pueblo, que él atesoraba con fervor. Sus charlas estaban salpicadas de incredulidades y carcajadas, con palabras mal dichas a propósito y un dialecto que hicimos propio en nuestras noches divertidas. Su estatura, su voz cadenciosa, su vocabulario elegido para cada ocasión, sus ropas importadas, sus amores variados, daban fertilidad al mito.

Juan dibujaba y pintaba, cantaba y escribía y, sobre todo, enseñaba. "Yo soy ciclotímico, daltónico, esdrújulo", me decía. Y para mi fue el Dalí tandilero. Su estruendosa juventud transcurrió entre aventuras amorosas de mucho papel escrito y perfumado, y cátedras de gramática. Nunca se animó a dejar su pueblo para ir más lejos. Temía a lo desconocido y al anonimato. Y cuando yo empecé a tratarlo y destratarlo, ya transitaba más de los cincuenta noviembres.


Georgeo murió como un correcto señor mayor y sus hijos lo acompañaron por la vida. Sante, en cambio, abandonadas ya sus aventuras en la selva, decoró iglesias y dirigió coros en Tandil durante años. Hizo muchos amigos. La gente no tenía dificultad en valorarlo y era pródigo y servicial. Había conocido la guerra y su humildad lo salvaba de algunas críticas mal intencionadas, menos de las de Juan que, rara vez, lo dejaba en paz.

Juan, soberbia en ristre, fue siempre el preferido de doña Raquel que, sentada en una silla pero sobre la mesada de la cocina, solía esperar su regreso, en las altas horas de la madrugada, cuando corrían los mejores días del hijo.

Los tres hermanos quedaron huérfanos siendo bien mayorcitos, pero la muerte de la madre les hizo el mismo efecto que si hubieran sido niños. La velaron en la misma casa de la calle Irygoyen, donde vivieron siempre, en una cama dispuesta a la belleza y la ceremonia, que Juan siempre me contaba y me contaba. Y movìa sus largos brazos, sus grandes manos y me decía:

-Vos nunca hablás de tu madre. Tenés que nombrarla más. ¿Y sabès por qué no hablás de tu madre? Porque no fuiste un hijo esperado como yo. No, no fuiste. Hubieran querido prescindir de vos.

miércoles, 28 de abril de 2010

De la noche a la mañana

Los carmines y el sudor
nos van nublando la cara.
El perfume ya es hedor
y las minas están raras.
Lámparas de mostrador
se funden en madrugada.

A medialuz todavía
algunas cosas se ven,
pero no es como recién
cuando todos se reían...
Sálvese quien pueda, che,
que pronto será de día.

Las sillas con su crujir
terminan la duermevela.
Se marcha la clientela
apurada por salir,
pero se lleva en las suelas
la frustración sin dormir.

"Prohibido escupir el suelo"
-reza frase de pared-.
Hay un perrito con sed
que caza moscas al vuelo
y un curda, bizco, sin pelo,
traga el último fernet.

En el pasillo desierto,
entre dos escobas chuecas,
trajina la pobre vieja
que anoche brindó un concierto:
la casa tenía una reja
y el organillero muerto...

Ya dueño de la vidriera,
un yiro empieza su día:
un café de porquería
en un sucucho cualquiera.
Cuando yo la conocía,
no era una mina fulera.

Ahora tiene en los dos ojos
tizne de broncas pasadas,
aburridas madrugadas
donde nada fue a su antojo
y ausencia de las frazadas
que se comieron los piojos.

Suspira con sentimiento
en el silencio del bar...
-la gente empieza a pasar
con paso lento hacia el centro-
tarde para vomitar
de un saque el remordimiento.

Cambian de turno los mozos
y llegan las medialunas.
El yiro se manda una
y sale al bache y al pozo.
-¡Como vos no habrá ninguna!
-le grita el ebrio, cargoso...-.

La vieja golpea las palmas
y nos echa con la mano.
Y yo salgo como hermano
del borracho y de su alma.
- Soy borracho pero sano
-me dice- Salga con calma.

En aquel toque de queda
hasta el perrito se espanta
y hace cucha en una planta
donde el borracho se enreda.
El sol, con crueldad, avanza
y se acuesta en la vereda.

Miro un rato ese lugar...
Amasijado de bronca
un colectivo que ronca
pasa, y me quiere afeitar.
Y del yiro, ni la sombra
se ve por el boulevard.

La vieja cuelga un cartel
junto a la lista de insumos:
"Espacio libre de humo"
y barre barro y papel.
Es la hora del laburo:
ahora es bar y no burdel.

Así es la cosa, me digo,
cuando la noche no es...
El derecho es el revés
y el rey se vuelve mendigo.
Pero esta noche, otra vez,
todos seremos amigos.

Sensación

No estoy seguro. Sería... las cuatro menos cuarto de la mañana, cuando la soledad no tiene fronteras. Habían pasado casi cuarenta años desde la confusa despedida. Y... si, ya peinaba cabellos blancos y le dolían los pies... y no podía ser. Porque no podía ser. Sin embargo, ella entró, por la puerta o por algún otro lado, luego de un leve vaivén de la cortina. La miró entrar, conteniendo la respiración en la sorpresa. Se deslizaba, muda, entre los cuadros y los libros y el color de las paredes y su cuerpo lo traslucía todo. A él le latía el corazón a punto de rompérsele, pero la dejó avanzar anhelante y temeroso. Quería verle el rostro, y no pudo. Ella le acarició la frente y parte de la cabeza desde atrás y experimentando esas sensaciones maravillosas no se dio cuenta que ya se iba, que eran milésimas de segundo, que ya no estaba... La llamó apenas. Porque era ella. La silla cayó en un ruido seco y terminante. Se asomó a la calle. Todo dormía. La madrugada se la había tragado en un santiamén. Y como un chico de cabellos blancos y áridas arrugas, con lágrimas en los ojos, la llamó a grito pelado: mamá...mamá...mamá.

lunes, 26 de abril de 2010

antes de que me olvide...

Mi hermana vuelve de su viaje a La Plata.
- Hola - dice, contenta y toda alborotada.
- Hola - le digo yo.
- Lleguè hace una hora. No sabés lo que me pasó... Anoche soñé con vos.
- ¿Ah si ? Mirá.
- Tipo pesadilla, ¿viste? Te habían crucificado, con los brazos abiertos. Y te pegaban. Y llorabas. ¿Estás bien?
- .......
- Qué lindas están las plantas... Pero qué pesadilla. Igualito, igualito. Te veía con el mismo pelo, así, como ahora.
- ¿Y... estaba vestido?
- Si.Si. Vestido. Con ropa.
- Bueno, menos mal...
- ¡Y cómo te pegaban !
- ¿Y estaba gordo o estaba flaco?
- No. No. Así, como ahora. Voy a ver si le juego al sesenta.
- ¿Es el crucificado?
- No, che... tu edad.

martes, 30 de marzo de 2010

si un día...

"tocame la mejilla
por si encontrás alguna humedad antigua
y olvidada" juan gelman

Si un día, por un descuido,
se cayera de mis ojos
todo lo que tengo visto
o se escaparan las voces
que atesoré en los oídos,
o de la piel se volaran
los pájaros que han caído
piel adentro, entre suspiros...
¡qué escándalo para el ridículo...!

Pero no. ¡Quién lo diría...!
Parece que nada tengo. Nada.
Nada más que esta sonrisa.

coloquial

Comprendo que no seas mía.
Pero duele. Vos sabés...
Uno lo pasa esperando,
llega el amor y después...
todo lo da, siempre tiene,
cela, rompe, pierde pie.

Y qué sé yo... ¡Somos tantos!
Tienta mirar, conseguir,
ir agrietando en abrazos
este cuerpo de vivir
y de pronto quedar solo...
¡qué cosa, vivir así...!

Comprendo que no seas mía.
Ya es bastante que no huyas,
que no inventes unos ojos
para irte a lunas turbias
mientras violo tus cerrojos...
¡qué vas a ser mía, vos...!
¡si ni siquiera sos tuya!

a un amigo

Está lleno de ausencias y fantasmas.
Va a pie por las incógnitas. No sabe.
Y no finge el asombro; si lo canta
se siente con más vida entre sus ayes.

Jamás se llevó bien con los horarios
y no cumplió por un jazmín celeste
que de algún paredón cayó a sus manos
la tarde que debía estar presente.

Sólo estas lamentables referencias
podrán darte de mi mis enemigos.
Las demás que me endilgan con frecuencia
vendrás a comprobarlas por vos mismo.
Estoy prolijamente aquí.
Oigo que hablan
y oigo - es lo peor -
cómo respondo.
Estoy prolijamente aquí.
Y sin embargo, nada
puede hacerme volver
hace seis meses
del país abúlico y dormido
que elegí
para las vacaciones
necesarias
de mi esperanza.

tristeza

Se desgaja
un árbol
lentamente
en mi alma.
Hoy puedo
decir
que comprendo.
He tenido
mi bosque
que ardió
y en el humo
fantasmas
y muertes
y yo
en el último
árbol verde
que quedaba,
que quedó...
Este que hoy
sin crujir,
rama a rama
se desgaja...
nada pude prevenir.
Se desgaja
lentamente.
¡ay, que no pase gente!
que nada puedo hacer,
que en silencio
se desgaja
y para siempre.

reflexión

en mi soberbia
me creo muy valiente
pero les tengo miedo
a los gorriones
porque ven la atrocidad
y la belleza
con la misma avidez
de poste en poste.
Pian, pian sin cesar...
son torpes, resentidos al robarse
las miguitas de pan,
movedizos, nerviosos y ocupados
en espiar...
son la gente mediocre de los pájaros.
Forzosamente
me tienen que asustar.